Una milla hacia el cielo
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El ambicioso proyecto que se construye en Arabia Saudita desafía la técnica moderna y revive el sueño de Frank Lloyd Wright de levantar "una ciudad" hacia el cielo.
“No hay nada más poco común que el sentido común”
Frank Lloyd Wright
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En 1956, Frank Lloyd Wright tenía ochenta y nueve años. A esa edad, cuando cualquier hombre podría sentirse autorizado a contemplar aquello que había hecho, recordar sus obras, defender sus certezas y vivir, finalmente, de su propia historia, Wright decidió dibujar un edificio de una milla de altura. Una milla. Es decir, mil seiscientos nueve metros elevándose sobre Chicago.
Quinientos veintiocho pisos. Una ciudad puesta de pie. Lo llamó The Illinois, Mile-High Sky-City ("ciudad aérea en una milla de altura"). Todavía hoy cuesta comprender verdaderamente la dimensión de aquella propuesta.
Mucho más difícil debe haber sido hacerlo hace setenta años, cuando la arquitectura apenas comenzaba a acostumbrarse a edificios que hoy podríamos considerar pequeños frente a los gigantes contemporáneos.
Wright imaginaba una torre que fuera capaz de albergar a más de cien mil personas, servida por sistemas extraordinarios de transporte vertical, rodeada por enormes superficies de estacionamiento, conectada incluso mediante plataformas para helicópteros. Había pensado su estructura, sus circulaciones, su funcionamiento y su relación con el suelo.
Había demasiada arquitectura allí para considerarla simplemente la extravagancia de un anciano genial. Aquello era una pregunta. Y quizás esa sea una de las cosas más hermosas que puede hacer nuestra disciplina: formular preguntas que su propio tiempo todavía no sabe responder. Wright murió apenas tres años después. The Illinois nunca se construyó.
Durante décadas permaneció allí, entre los dibujos extraordinarios de la historia de la arquitectura, habitando ese territorio ambiguo donde viven los proyectos que parecen imposibles. Algunos los llaman utopías. Otros, ejercicios teóricos. También están quienes prefieren llamarlos delirios.
Siempre me gustó pensar que son otra cosa: pequeñas anticipaciones del futuro enviadas demasiado temprano. Porque sucede algo curioso con lo imposible. Lo imposible envejece. Aquello que una generación considera absurdo puede transformarse en el problema técnico de la siguiente y terminar convertido en la obra posible de una tercera.
Setenta años después de aquel dibujo de Wright, a más de once mil kilómetros de Chicago, miles de trabajadores construyen en Jeddah, Arabia Saudita, una torre que pretende superar los mil metros de altura.
La Jeddah Tower continúa creciendo después de una historia accidentada, años de paralización, problemas económicos y políticos y un reinicio que volvió a poner en movimiento uno de los proyectos más ambiciosos de la arquitectura contemporánea.
En 2026 ya ha superado los cuatrocientos cincuenta metros y continúa elevándose hacia una altura que ninguna construcción humana alcanzó jamás. Todavía le falta muchísimo. Y, sin embargo, algo fundamental ya ocurrió. El kilómetro comenzó a abandonar el dibujo.
Hay hormigón allí arriba. Hay acero. Hay grúas, ascensores de obra, operarios, ingenieros calculando, arquitectos revisando, máquinas bombeando materiales a alturas que durante buena parte de nuestra historia hubieran resultado inimaginables.
Hay miles de personas trabajando todos los días para transformar una cifra aparentemente absurda en materia. Por eso, cuando miro las fotografías actuales de Jeddah Tower, inevitablemente regreso a aquel hombre de ochenta y nueve años desplegando un dibujo de 1.609 metros.
Y descubro una pequeña ironía que me resulta maravillosa: Wright todavía les gana. Estamos construyendo el edificio que pretende convertirse en el más alto de la historia y todavía debemos mirar bastante más arriba para alcanzar la altura que un arquitecto imaginó con un lápiz hace setenta años.
Detrás de esa comparación, casi infantil si solamente enfrentáramos números, aparece una cuestión mucho más profunda que la competencia por un récord.
¿Por qué queremos llegar tan alto?
Podríamos responder que simplemente porque podemos. Pero las respuestas sencillas suelen quedar pequeñas frente a las preguntas importantes. Podemos mirar Jeddah Tower como una manifestación de poder. Podemos hablar de dinero, representación, prestigio internacional, competencia entre ciudades, economías que utilizan la arquitectura para construir una imagen de sí mismas.
Podemos discutir su impacto ambiental, el consumo de recursos, la energía necesaria para sostener semejante organismo vertical o la pertinencia de concentrar una cantidad extraordinaria de capital, conocimiento y tecnología en una única construcción.
Todas esas preguntas son necesarias. Pero cuentan solamente una parte de la historia. Porque el hombre también avanzó gracias a algunas personas incapaces de aceptar como definitivos los límites que encontraron delante. Alguien decidió alguna vez levantar una piedra más alto de lo razonable.
Alguien quiso cubrir una luz que parecía imposible. Alguien imaginó una cúpula sin saber todavía exactamente cómo construirla. Alguien fabricó una máquina capaz de elevar personas dentro de un edificio y el ascensor terminó transformando definitivamente nuestras ciudades. Otros quisieron cruzar océanos, volar, descender hasta las profundidades del mar o caminar sobre la Luna.
Y alguien, en 1956, decidió dibujar un edificio de una milla. Tal vez una parte considerable de nuestra historia pueda escribirse como una sucesión de hombres y mujeres empeñados en hacer cosas que el sentido común de su época consideraba innecesarias, desmesuradas o directamente imposibles.
Por eso me cuesta condenar inmediatamente la desmesura. Hay algo profundamente humano dentro de ella. Algo que nos empuja. Algo que también puede extraviarnos. Y precisamente allí comienza la discusión que verdaderamente me interesa. Porque nuestra capacidad técnica y nuestras necesidades nunca fueron exactamente la misma cosa.
Saber hacer algo jamás resolvió completamente la pregunta acerca de la conveniencia de hacerlo. Entre ambas existe un pequeño espacio que durante siglos ocuparon la cultura, la ética, la política, la economía y, también, la arquitectura. Jeddah Tower resulta fascinante porque nos coloca exactamente dentro de esa contradicción.
Su construcción exige conocimientos extraordinarios sobre estructuras, cimentaciones, comportamiento aerodinámico, transporte vertical, evacuación, instalaciones, materiales y logística.
A semejantes alturas, incluso el viento deja de ser aquella abstracción que dibujamos mediante pequeñas flechas sobre un esquema estructural y se convierte en una presencia física capaz de modificar el ritmo de una obra. Me gusta particularmente esa imagen.
Después de miles de años de evolución tecnológica, computadoras capaces de realizar millones de operaciones, modelos digitales, túneles de viento, hormigones de altísimas prestaciones, bombas extraordinarias, grúas trabajando a cientos de metros y equipos integrados por miles de personas, todavía puede llegar una ráfaga y recordarnos que la naturaleza continúa participando de la conversación.
Hay cierta humildad escondida dentro de la soberbia de construir un kilómetro hacia el cielo. Cuanto más alto llegamos, más cosas descubrimos que todavía debemos aprender. Quizás siempre haya sido así. Las catedrales góticas fueron edificios religiosos, pero también enormes laboratorios estructurales.
Las grandes estaciones ferroviarias fueron infraestructuras y simultáneamente campos de experimentación material. Los primeros rascacielos fueron operaciones inmobiliarias, símbolos empresariales y máquinas urbanas, pero obligaron a transformar estructuras, instalaciones, protección contra incendios, transporte vertical y maneras de habitar.
La arquitectura algunas veces avanza porque aparece una necesidad. Otras veces alguien imagina algo tan desmesurado que nos obliga a inventar las herramientas necesarias para alcanzarlo. La frontera entre ambas cosas nunca fue demasiado precisa. Por eso reducir Jeddah Tower a una extravagancia sería tan pobre como celebrarla solamente porque será alta.
Mil metros constituyen un dato. Pero de ese dato surgen muchas preguntas interesantes para hacer. ¿Qué conocimiento queda después? ¿Qué aprendimos construyéndolos? ¿Qué tecnologías desarrollamos? ¿Qué errores cometimos?
¿Cuántas soluciones concebidas para resolver una situación extrema podrán utilizarse después en edificios más modestos, más accesibles, más cotidianos y, seguramente, mucho más necesarios? Y, fundamentalmente: ¿qué ciudad queda debajo?
Más allá de lo imaginable
Ningún edificio termina verdaderamente donde termina su terreno. Su sombra continúa. Sus desplazamientos continúan. Sus consumos continúan. La infraestructura que necesita continúa. También continúan su capacidad de generar conocimiento, trabajo, identidad, transformación urbana y nuevas maneras de pensar aquello que creíamos posible.
La arquitectura siempre derrama sobre aquello que la rodea. Entonces quizás la pregunta correcta frente a Jeddah Tower tampoco sea cuánto mide. La pregunta debería ser: ¿qué produce además de altura? Allí aparece la distancia entre un récord y la arquitectura. Un récord necesita un número. La arquitectura necesita sentido.
Y sospecho que estamos entrando en una época en la cual esa diferencia será cada vez más importante. La tecnología comienza a permitirnos cosas que hace apenas unas décadas pertenecían a la ciencia ficción.
Nuevos materiales, inteligencia artificial, sistemas constructivos robotizados, impresión tridimensional, estructuras optimizadas algorítmicamente, edificios capaces de responder a determinadas condiciones ambientales.
Muchas de las barreras técnicas que organizaron nuestra disciplina durante siglos comienzan lentamente a desplazarse. Y cuanto más retroceden los límites técnicos, más importantes se vuelven nuestros límites éticos. Durante mucho tiempo pudimos refugiarnos en una frase tranquilizadora: "Eso no se puede hacer". La física decidía por nosotros. La técnica decidía por nosotros.
El presupuesto decidía por nosotros. Pero imaginemos por un instante que muchas de esas fronteras empiezan a desaparecer. Entonces tendremos que enfrentarnos a una pregunta bastante más difícil: si podemos construir casi cualquier cosa,... ¿por qué merece ser construida?
Saber "cómo" comienza a ser insuficiente. Tenemos que recuperar el "para qué". Y quizás allí Wright vuelva a resultar sorprendentemente contemporáneo. The Illinois jamás necesitó existir físicamente para modificar nuestra imaginación. Su enorme valor quizás haya sido permanecer sobre el papel durante décadas, esperando pacientemente que la tecnología comenzara a caminar hacia él.
Los arquitectos solemos pensar que una obra que nunca llega a construirse es una obra incompleta. Tengo cada vez más dudas acerca de eso. Hay edificios que transformaron ciudades. También existen dibujos que transformaron nuestra manera de imaginar las ciudades. Eso también es construir.
Construir una posibilidad. Construir una pregunta. Construir un horizonte suficientemente lejano como para obligar a otros a caminar hacia él. Quizás Wright comprendía perfectamente que aquella milla no pertenecía a 1956. Tal vez ni siquiera esperaba verla construida. Un arquitecto de ochenta y nueve años sabe perfectamente cuánto dura una vida.
Pero también sabe -o debería saber- que algunas ideas pueden vivir bastante más que quien las dibuja. Hoy Jeddah Tower continúa creciendo. Un piso después de otro. Hormigón después de hormigón. Metro después de metro. Algún día, si todo continúa según lo previsto, superará los 828 metros del Burj Khalifa. Después llegarán los novecientos.
Y finalmente ocurrirá algo que durante buena parte de la historia de la arquitectura hubiera parecido absurdo: un edificio atravesará la barrera de los mil metros. Ese día seguramente hablaremos del edificio más alto del mundo. Habrá fotografías, récords, cifras y comparaciones. Yo probablemente vuelva a pensar en Chicago.
En 1956. En un hombre viejo parado frente a un dibujo demasiado grande. Wright murió en 1959 sin haber visto jamás un edificio de quinientos metros. Nunca vio el Burj Khalifa. Nunca conoció Jeddah Tower. Nunca pudo observar una grúa trabajando a cuatrocientos cincuenta metros sobre el suelo. Pero dejó dibujado uno de 1.609.
Quizás allí permanezca una de las lecciones más hermosas de nuestra profesión. El arquitecto construye con los materiales disponibles en su tiempo, pero también imagina con materiales que todavía no existen. Trabaja sometido a la gravedad del presente mientras una parte de su pensamiento pertenece inevitablemente al futuro.
Algunas veces ese futuro llega tarde. Otras llega cuando quien lo imaginó ya no está para verlo. Importa poco. Alguien tenía que dibujarlo primero. Porque antes de cada estructura hubo una línea. Antes de cada cálculo hubo una intuición. Antes de cada certeza hubo alguien dispuesto a equivocarse imaginando.
Jeddah está construyendo hoy su primer kilómetro. Frank Lloyd Wright, hace setenta años, ya había dibujado una milla. Y quizás, después de todo, la verdadera altura de la arquitectura nunca se haya medido solamente en metros.
