¿Hasta cuándo le vamos a seguir cargando las tintas de todos los males que suceden en las organizaciones a los jefes? ¿Se han convertido en el blanco ideal de todas las críticas? ¿No existen otras variables que afectan la salud laboral, además de lo que ellos hagan, piensan o digan?
Hace varios años  (qué viejo que estoy),  sonaba en todas las fiestas  un tema de la agrupación La Mark, que no merece ninguna medalla ni por la letra  ni por encanto musical, pero seguramente dejó  a sus ejecutantes una buena moneda en el bolsillo por ser un ícono de algunos días de verano, para  luego pasar a las profundidades del olvido y a desperdiciar un lugar que podría haber sido mejor aprovechado en la memoria de quien escribe. El título, la letra y el estribillo, todo en uno: quiero vino por favor.
En una reunión social, Otilia, con quien nos conocimos allí, al saber mi oficio me contó que: “estoy muy preocupada porque nuestra empresa está llena de familiares y cuando nosotros no estemos se van a matar para ver quien manda”.
Que un familiar no pueda retirarse de la sociedad con sus parientes cuando no tiene voluntad de seguir en ella, es una situación pocas veces considerada y muy conflictiva.
Para un líder virtuoso resulta clave el deseo de sus trabajadores. Y la mayoría de las veces, observamos que dicho deseo intenta ser azuzado por la vía de la retribución económica, dando por resultado una elevación significativa en su motivación a corto plazo; para luego dar lugar a una languidez en su empuje.
Nadie que viva en Santa Fe, simpatice por el sabalero y haya pisado la cancha a fines de los noventa, olvida al querido por estas tierras Daniel “el Profe” Córdoba. Personaje. Personaje de película. Con declaraciones entre lo desopilante y el acierto.
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